Ciudad
Patrimonio de la Humanidad desde 1985, Ávila es un museo
vivo. Sus calles aún empedradas destilan historias y vivencias
de otras épocas, remontándonos al pasado de tal
modo que, si nos cruzásemos con un caballero armado o una
doncella con su ama, no nos extrañaríamos. Fueron
épocas de esplendor, cuando no importaba que, en la construcción
de una catedral o de un palacio, se endeudara un señor
o toda una ciudad. Gracias a ideales tan elevados como llegar
a Dios a través de una escultura o de la torre más
alta, podemos disfrutar de joyas semejantes.
Es Ávila una ciudad marcada por su legado histórico.
Su gran muralla del siglo XI envuelve a sus habitantes a cada
paso que dan, su santa; Santa Teresa de Jesús, ha marcado
tanto el carácter de sus gentes, como el hecho de vivir
o trabajar en palacios señoriales, recuperados para el
uso y disfrute de turistas y oriundos.
No es una ciudad populosa, algo que defienden a toda costa los
abulenses, en aras de una valiosa calidad de vida, de la que sus
gentes son conscientes y presumen. Su clima aunque frío,
arroja una de las cantidades más altas de horas de sol
al año en España. Y su buena mesa, el famoso chuletón,
sus judías de El Barco o sus yemas, nos invitan a disfrutar
de esta ciudad con calma, paso a paso.

La
Muralla
El anillo
pétreo de la muralla tiene dos kilómetros y medio
de perímetro, 88 torreones y está rasgado por nueve
puertas, todas ellas con nombres propios ligados a la historia
de la ciudad: San Vicente, del Mariscal, de la Santa o Montenegro,
del Peso de la Harina, del Alcazar, del Adarve, del Rastro, del
Carmen y de Malaventura. En el exterior de cada una de ellas,
enfrente, una iglesia hace de doble defensa para sus moradores.
La muralla abulense merece ser contemplada desde diversos puntos
y a cualquier hora del día o de la noche porque en todo
momento muestra su esplendor. De día intimida el pensamiento
de antiguos asedios ante tan magnífica construcción.
Y de noche desprende un halo fantástico propio de lecturas
infantiles, de cuentos de hadas o de las leyendas del Rey Arturo
y sus caballeros de la Tabla Redonda.

Iglesias
y palacios
Son
el Románico en la arquitectura religiosa y el Gótico
en la civil, los estilos artísticos predominantes en Ávila.
En la declaración de la UNESCO de Ávila como Ciudad
Patrimonio de la Humanidad se incluyeron los templos extramuros,
entre los que destacan San Segundo en la ribera del río
Adaja, San Andrés, San Pedro y la majestuosa basílica
de San Vicente, todos ellos templos románicos.
Destacan, así mismo, construcciones posteriores como el
Real Monasterio de Santo Tomás, construido por los Reyes
Católicos y cuya iglesia gótica alberga el sepulcro
del infante Don Juan; también es digna de detenerse a contemplar
la Capilla de Mosén Rubí, donde se advierte la convivencia
del último Gótico y el Renacimiento.
Mención especial merece la Catedral, estrechamente ligada
al Gótico francés de París, este edificio
es un rotundo ejemplo de templo-fortaleza. No sólo lo muestra
el almenado de su torre y de su fachada de poniente, sino también
su imponente cabecera fundida con la muralla. Situada en la zona
más alta y llana, su silueta se recorta en el paisaje urbano,
confundiéndose con la de la muralla.
En
cuanto a la arquitectura civil, hay que destacar el alto número
de palacios conservados y rehabilitados. Es una experiencia única
albergarse en alguno de los más renombrados hoteles de
la ciudad y descubrir que sus muros tienen más de cuatro
siglos de antigüedad. Entre todos, el Palacio de los Dávila
es el mejor ejemplo para entender a través de sus portadas
una visión general de la evolución de la arquitectura
civil abulense entre los siglos XIII y XVI. La construcción
está fortificada intramuros, siguiendo el modelo de la
muralla, con almenas, matacanes y una torre hoy desmochada. En
su interior, se conservan estructuras y elementos mudéjares,
entre ellos un patio.
Otros palacios dignos de visitarse son el palacio de Valderrábanos
y el del Marqués de Velada, ambos hoteles, el de Don Diego
Álvarez de Bracamonte o el Palacio de Polentinos. Son más
de 30 las casas nobles que aún quedan, a lo que habría
que añadir portadas y ventanas reutilizadas en otras construcciones.
Sólo paseando por calles, plazuelas y callejones se pueden
descubrir y admirar retazos vivos de historia de esta ciudad.

Santa
Teresa de Jesús
La
ciudad no sería la misma sin su muralla, pero tampoco sin
su santa, como cariñosamente la llaman sus paisanos. Toda
Ávila está impregnada del espíritu y recuerdos
teresianos: la casa en la que nació, hoy convento de padres
carmelitas; el convento de Santa María de Gracia, en el
cual pasó unos años de estudio cuando era joven;
el convento de la Encarnación, donde entró para
ser monja carmelita calzada, sin el permiso de su padre y de donde
salió para fundar pequeños "palomarcitos"
para sus carmelitas descalzas y el convento de San José,
su primera fundación, levantada desde la más estricta
pobreza.
La ciudad del siglo XVI es la ciudad de la mística y de
la espiritualidad, pero no sólo de Teresa de Cepeda y Ahumada.
Un acercamiento profundo a la vida religiosa y cultural de la
época nos llevaría a hablar de San Juan de la Cruz,
colaborador incesante de Santa Teresa, de Tomás Luis de
Victoria, músico, de los místicos hebreos como Mose
Ben Shemthon, autor de una de las obras cumbre de la mística
judía o de Nissim Ben Abraham. Tampoco faltan textos islámicos
como los del llamado Mancebo de Arévalo, cuya obra, la
Tafçira, diario de viaje en el que se recogen las tradiciones
de los musulmanes, es el último escrito espiritual del
Islam en España.
Es Ávila una ciudad para disfrutar
despacio, deteniéndose en sus edificios, iglesias y rincones,
donde recordar esos lugares escondidos en nuestra memoria y que
nos remontan a un pasado lejano pero no olvidado.

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